Peter Maurin

Peter Maurin fundó junto a Dorothy Day el moevimiento del Trabajador Católico en Estados Unidos. Sus Ensayos Simples (o Ensayos Fáciles) son una muestra de poesía, ingenio y tradución católica.

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jueves, 24 de diciembre de 2009

Porqué me convertí al catolicismo, final de mi trilogía de Chesterton

Aquí el último de los ensayos, para cerrar la trilogía, aquí explica por que se convirtió al catolicismo, y si te fijas, hace alusión directa al ensayo “¿Por qué soy Católico?” que fue el segundo ensayo que subí, y creo es bueno, o más entretenido leer el primero "¿Por qué creo en el Cristianismo?"
Este ensayo esta vilmente sacado de Internet, incluso, lo busque en castellano (español) y no lo encontré.
Esta en varias paginas, yo lo saque de Aci Prensa e incluyo una citas que estaban en otra pagina Conocereis la Verdad.


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GK. Chesterton: Porqué me convertí al catolicismo

Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma.
Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.
Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.
¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.
El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.
Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.
En el primer caso -creo que se trataba de Horton y Hocking- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".
Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas.
Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".
Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal.
Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.
Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.
Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.
No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" -por decirlo así- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.
Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.
Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.
Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:
Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean -como ellos mismos dicen- reformas prácticas y objetivas.
Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.
Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.
El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales.
Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo -podría decirse en su excusa-. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.


Gilbert Keith Chesterton
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Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día. Y a las sectas esta evidencia les es insoportable.
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El Condimento de la vida por Gilbert Keith Chesterton



PERDÓNENME si comienzo por representar el papel que he jugado en tantas cenas, quiero decir, el papel del esqueleto del festin. Perdóneme si las pocas primeras palabras que lo alcanzan se parecen a una voz hueca de la tumba. Ya que la verdad es que el título mismo de esta serie me hace sentir un poco fúnebre. Cuando me pidieron hablar sobre el Condimento de la Vida, lamento decir que el primer pensamiento que cruzó mi perversa y mórbida mente era que los condimentos, como condimentos, están tan asociados con la muerte cuanto con la vida. Los cadáveres embalsamados y conservados siempre eran envueltos entre condimentos; las momias también, supongo. No soy ningún Egiptólogo para decidir el punto. Pero incluso si ellas eran, usted apenas iría a oler alrededor de una momia en el Museo Británico, tomando profundos respiros y diciendo, " Esto es en verdad el condimento de vida" Egipto era casi una civilización organizada como un cortejo fúnebre; esto es difícilmente una exageración para decir que los vivos viven para servir a los muertos. Y aún supongo que un egipcio actual que andaba caminando por ahí vivo, no estaba en ninguna prisa para ser condimentado. O tome una escena casera más cerca a casa. Supóngase que usted es perseguido por un loco toro; no discutiremos cual animal disfruta más del condimentos de la vida; pero ambos en el momento darán inequívocos signos de vida. Pero el cuadrúpedo debe esperar hasta que él sea matado y cortado en una ternera fría, antes de que él pueda tener el orgullo y el privilegio de ser una ternera condimentada. En breve quiero que usted recuerde ante todo que hubo en la historia, no sólo el condimento de la vida, pero algo más que puede con justicia ser llamado el condimento de la muerte. Y lo menciono primero porque es una especie de parábola; y hay muchas cosas en el mundo moderno que me parecen estar muertas, no decir condenadas, y aún son consideradas muy condimentadas.

No hablaré extensamente de este mórbido paralelo. Que el cielo prohíba que yo pudiera sugerir que algunas damas se parezcan más bien a momias que andan por ahi, con muy hermosas caras pintadas sobre los sarcófagos: o que algunos jovenes caballeros que van al paso exponen toda la cultura y la sutileza selectiva de toros locos. Estoy preocupado con una pregunta mucho más importante detrás de ésta. Me parece que muchísima gente, a quienes estoy lejos de llamar momias o toros locos, están en este momento poniendo más bien demasiada atención a los condimentos de la vida, y bastante poca atención a la vida. No me malinterpreten. Soy muy aficionado a la ternera condimentada y todos los condimentos; siempre he temido que los Puritanos reformadores de repente prohibirán la mostaza y la pimienta como ellos hicieron la malta y el lupulo; sobre el absurdo fundamento de que la sal y la mostaza son tan innecesarias como la música. Pero mientras me resisto a la sugerencia que nosotros debemos comer ternera sin la mostaza, reconozco que hay ahora un peligro mucho más profundo y más sutil que los hombres pueden querer comer la mostaza sin la ternera. Quiero decir que ellos pueden perder su apetito; su apetito para ternera y pan y queso y la amplia luz del día de la vida; y dependan completamente de especias y condimentos. Incluso he sido culpado de defender el condimento de la vida contra lo que llamaban la Vida Simple. He sido culpado hacerme un campeón de la cerveza y los bolos. Por suerte, si yo era un campeón de los bolos, no había ningún peligro de que yo fuera un campeón en los bolos. Pero he jugado juegos ordinarios como los bolos, siempre mal; pero toda la gente sana convendrá que usted nunca se disfruta de un juego hasta que disfrutas ser perdedor en el juego. Aún he jugado al golf en Escocia antes de que Arthur Balfour lo trajera a Inglaterra y se volviera una moda y luego una religión. He sido desde entonces inhibido por una dificultad en cuanto a considerar un juego como una religión, y el secreto horrible de mi fracaso consiste en que yo nunca pude ver la diferencia entre el cricket y el golf, como los jugué cuando yo era un muchacho, " y el minino en la esquina " y potes de miel como los jugué cuando yo era un niño. Quizás aquellos juegos de niñez ahora están olvidados; de todos modos, no revelaré cuan buenos eran esos juegos, no sea que ellos se pongan de moda. Si una vez fueran tomados en serio en aquel mundo más serio, el mundo de Deporte, enormes resultados seguirán. Las tiendas venderán unas Pantuflas especiales para Cazar las pantuflas, o un caddy seguirá al jugador con un bolso lleno de quince pantuflas diferentes. Los potes de miel significarán potes de dinero; y habrá 'una esquina' en " el minino en la esquina".

De todos modos, he disfrutado al igual que todos de aquellos deportes y condimentos de la vida. Pero estoy más y más convencido que ni en tus condimentos especiales ni en los míos, ni en potes de miel ni potes de cuarto de galón, ni en la mostaza ni en la música, ni en cualquier otra distracción de la vida, esta el secreto que todos estamos buscado, el secreto de disfrutar de la vida. Estoy absolutamente seguro de que todo nuestro mundo acabará en la desesperación, a no ser que haya algún modo de hacer que la mente misma, el pensamiento ordinario que tenemos en tiempos ordinarios, más sanas y más felices de lo que ellos parecen estar en este momento, juzgados por las novelas y poemas más modernos. Tienes que estar feliz en aquellos momentos tranquilos cuando recuerdas que estás vivo; no en aquellos momentos ruidosos cuando lo olvidas. A no ser que nosotros podamos aprender otra vez a disfrutar de la vida, no podremos disfrutar por mucho tiempo de los condimentos de la vida. Una vez leí un cuento de hadas Francés que expresó exactamente lo que quiero decir. Nunca crea que el ingenio Francés es superficial; es la brillante superficie de la ironía Francesa, que es insondable. Era sobre un poeta pesimista que decidió ahogarse; y iba bajando por el río, él regaló sus ojos a un hombre ciego, sus oídos a un hombre sordo, sus piernas a un hombre cojo, etcétera, hasta el momento cuando el lector esperaba el chapoteo de su suicidio; pero el autor escribió que este tronco insensato se colocó sobre la orilla y comenzó a experimentar la alegría de la vida: la joie de vivre. La alegría de estar vivo. Tienes que ir con mayor profundidad, y quizás envejecer, para saber cuan verdadera es esa historia.

Si tuviera que preguntarme a mi mismo cuando y donde he sido mas feliz, yo podría, por supuesto, dar las obvias respuestas, verdaderas para mi como para cualquier otro; en algún baile o festín en el tiempo romántico de la vida; en algún triunfo juvenil de un debate; en alguna vista de cosas hermosas en tierras extrañas. Pero es mucho más importante recordar que he sido intensa e imaginativamente feliz los sitios mas extraños porque son más tranquilos. He estado interiormente lleno de vida en una sala de espera fría en una unión desierta de ferrocarril. He estado completamente vivo sentado en un asiento de hierro bajo un horrible poste de luz en un balneario de tercera clase. En breve he experimentado el mero entusiasmo de la existencia en los sitios que comúnmente llamarían tan embotado como el agua estancada. ¿Y a propósito, el agua estancada es aburrida? Los naturalistas con microscopios me han dicho que esta rebalsada con una tranquila diversión. Incluso aquella frase proverbial demostrará que no siempre podemos confiar en lo que es proverbial, cuando profesa describir qué es prosaico. Dudo si es que las quince efusivas fuentes encontradas en tu jardín ornamental contienen a criaturas tan divertidas como aquellas que le microscopio revela; como los perfiles de políticos en caricatura. Y este es sólo un ejemplo fuera de mil, de las cosas que en la vida diaria llamamos aburridas que no son realmente tan aburridas después de todo. Y estoy seguro que no hay ningún futuro para el mundo moderno, a no ser que entienda que no tiene que buscar meramente lo que es más y más excitante, pero más bien el negocio aún más excitante de descubrir la excitación en las cosas que llaman aburridas.

Lo que tenemos que enseñar al joven del futuro, es como disfrutar de él mismo. Hasta que pueda disfrutarse él mismo, se cansara mas y mas de disfrutar de todo lo demas. Lo que tenemos que enseñarle es a divertirse. En este momento él esta más y más dependiente de cualquier cosa que él piensa que lo divertirá. Y, al juzgar por la expresión de su cara, no lo divierte mucho. Cuando consideramos lo que él recibe, es de verdad la maravilla más magnífica y la riqueza y la concentración del entretenimiento. Él puede viajar en un coche de carrera casi tan rápido como una bala de cañón; y todavía tener su coche hecho a la medida y escuchar radios de todos los rincones de la tierra. Él puede conseguir a Viena y a Moscú; él puede oír El Cairo y Varsovia; y si él no puede ver Inglaterra, por la cual él resulta estar viajando, que es después de todo un pequeño asunto. En un siglo, sin duda, su coche viajará como un cometa, y su radio oirá los ruidos en la luna. Pero todo esto no le ayuda cuando el coche se para; y él tiene que pararse sobre una línea, con nada en que pensar. Todo esto no le ayuda incluso cuando la radio se para y él tiene que quedarse inmóvil en un coche silencioso con nada de que hablar. Si usted considera cuales son las cosas vertidas en él, cuales son las cosas que él recibe, entonces de verdad ellas son las cataratas colosales de cosas, Niagaras cósmicos que nunca antes habian sido vertidas en un ser humano ahora son vertidas en él. Pero si consideras lo que sale de él, como consecuencia de toda esta absorción, el resultado que tenemos que registrar es bastante serio. En la vasta mayoría de los casos, nada. Ni siquiera una conversación, como solía ser. Él no conduce argumentos largos, como los jóvenes hacian cuando yo era jóven. El primer y alarmante efecto de todo este ruido es el silencio. Segundo, cuando él realmente tiene el picor para escribir o decir algo, es siempre un picor en el sentido de una irritación.

Todo tiene una mejor y mas solida base; y hay irritación e irritación. Hay mucha diferencia entre la irritación de Aldous Huxley y la irritación de unos pequeños repugnantes degenerados en una novela por Aldous Huxley. Pero honestamente no pienso que soy injusto con toda la tendencia de la epoca, si digo que estan intelectualmente irritados; y por lo tanto sin aquel rico tipo de reposo en la mente con el cual quiero decir, cuando digo que un hombre cuando esta solo puede ser feliz porque él está vivo. Por ejemplo, un hombre de genio (inteligente) de la misma generación, para quien tengo una admiración muy especial, es el Sr. T. S. Eliot. Pero nadie negará que alli había un sentido en el cual, originalmente, aún su inspiración era la irritación. Él comenzó con puro pesimismo; él desde entonces ha encontrado cosas mucho más finas y más sutiles; pero apenas pienso que él ha encontrado reposo. Y es solamente aquí que tendré el descaro para distinguir entre su generación y la mía. Se solía pensador que era impudente para un muchacho criticar a un viejo caballero, Ahora requiere una impudencia mucho más sublime para un hombre más viejo criticar a uno más joven. Aún defenderé mi propia idea del condimento espiritual de la vida aún contra la espiritualidad que encuentra esta vida ordinaria completamente sin condimento. Sé muy bien que el Sr. Eliot describió la desolación que encontró más que la desolación que él sintió. Pero pienso que `The Waste Land' era a lo menos un mundo en el cual él había vagado. Y como estoy describiendo el mundo reciente, también puedo describirlo como él lo ha descrito, en ` Los Hombres Huecos ' - aunque nadie lo describiría como un hombre hueco. Esto es la impresión de muchas impresiones.

De esta manera terminara el mundo
De esta manera terminara el mundo
De esta manera terminara el mundo
No con un estallido, sino con un lamento

Ahora perdóneme si digo, en mi manera tradicional, que estaría condenado su alguna vez me sintiera así. Reconozco las grandes realidades que el Sr. Eliot ha revelado; pero no admito que esto sea la realidad más profunda. Estoy listo para admitir que nuestra generación hizo demasiado del romance y la comodidad, pero incluso cuando yo estaba incómodo estaba más cómodo que esto. Estaba más cómodo en el asiento de hiero. Estaba más feliz en la fría sala de espera. Yo sabia que el mundo era perecible y que iba a terminar, pero no pensé que terminaría con un lamento, pero si de alguna forma con el triunfo de la muerte. Esto es indudablemente un espectáculo grotesco que los bisabuelos todavía deberían estar bailando con indecente jolgorio, cuando la juventud está tan grave y triste; pero en este caso del condimento de la vida, defenderé el apetito espiritual de mi propia edad. Aún seré tan indecentemente frívolo para romperme cantando, y diré a los jóvenes pesimistas:

Unos se mofan; unos se burlan; unos sonríen con afectación;
En la juventud donde nos reímos y cantábamos,
Y ellos podrán terminar con un lamento
Pero nosotros terminaremos con un estallido




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Hace tiempo baje varios ensayos de GKC de la pagina de Martin Ward, y leyéndolos, llegué a este, The Spice of Life, que al parecer es el mismo que analice hace algún tiempo, (aunque no lo pareciera)
Es espectacular este ensayo, por lo menos, yo lo considero asi, claro que es algo obvio, ya que considero casi todo lo que este tipo escribió extraordinario, y si algo no lo es, bueno, no lo voy a traducir, ya que toma su buen tiempo el hacerlo.
No creo que mi traducción haya quedado muy buena, pero traduzco para la gente que no puede leer en ingles, no para las que pueden.
Como en el libro de Poemas de Chesterton, editado en España en el 2003, es un texto bilingüe y el traductor señala esto mismo, diciendo además, que quienes puedan leer en ingles, no piensen dos veces en leer la pagina izquierda (que esta en ingles) y no la derecha, que fue traducido para quienes no pueden hacerlo.

Espero te guste, y si tienes cualquier comentario agradecería me lo hicieras llegar.

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